Mi amiga M. tiene 45 años, los ojos verde claro y las tetas grandes. Dice que ya ha llegado a una fase de la vida en la que el sexo se le olvida hasta tal punto de que es capaz de estar sin masturbarse semanas enteras. Desde que acabó su relación con L. entró en una fase de hibernación de la que sale a duras penas cuando le cuentas algún rollo de última hora. Aunque más bien debería decir que era una fase de la que ella salía cuando yo le contaba las noches que pasaba con ellos… cuando ellos existían. Ahora ya no tengo ellos, tengo solamente un él, y ya no le cuento nada.
Ya ni eso la saca de su letargo. Y mira que lo siento, también por la parte que yo me pierdo.
Tener una hija de nueve años, S., no le ayuda nada. Pero nada. S. acapara el poco tiempo libre que deja a M. su agobiante trabajo. De ahí, precisamente, es de donde le ha salido el último amante. Es una criatura que acaba de llegar a la deliciosa veintena, y que apenas sabe de sexo lo suficiente para encontrar por donde meterla. Una vez más M. está teniendo que enseñar a un hombre a ser amante. (continuará)
